La Curva del Álamo Llorón
Mi tío Felipe manejaba la ruta de carga entre Puebla y Orizaba por más de veinte años. Conocía cada bache, cada curva y cada puesto de carnitas del camino. Pero había un punto que hasta el más veterano respetaba: la Curva del Álamo Llorón, en el kilómetro 43, justo donde un árbol grande y retorcido parecía inclinarse sobre el asfalto para ver pasar a los autos.
La leyenda entre los camioneros era antigua. Decían que hace décadas, un autobús de pasajeros se había despistado allí en una noche de neblina. Murieron varias personas, pero una, una joven mujer que viajaba a ver a su novio, no apareció jamás. Su cuerpo nunca se encontró. Desde entonces, en las noches de luna brillante o de niebla espesa, se veía a una muchacha vestida de blanco haciendo dedo en el hombro de la curva. Si te detenías, te preguntaba con voz dulce si ibas hacia Orizaba. Si le decías que sí, subía. Pero a medio camino, su aspecto cambiaba, y preguntaba: “¿Tú no me viste en la curva? ¿Por qué nadie me vio?”.
Mi tío siempre pasaba de largo, haciendo la señal de la cruz. Hasta una madrugada de diciembre.
Esa noche, llevaba un cargamento urgente y la neblina era tan densa que apenas veía diez metros adelante. Iba despacio, con los nervios de punta. Y allí, como le habían contado, estaba ella. Pero no estaba de pie. Estaba arrodillada en el arcén, como si buscara algo en la tierra, con el vestido blanco hecho jirones y manchado de lodo. Al ver las luces del camión, alzó la mirada. No era de terror, era de una tristeza tan profunda que a mi tío, padre de dos hijas, se le encogió el corazón.
Sin pensar, por puro instinto, frenó. Bajó la ventanilla. La neblina fría se coló en la cabina.
—¿Señorita, está bien? —gritó.
Ella no se acercó. Solo lo miró fijamente y señaló un punto exacto, detrás del álamo, donde la maleza era más espesa.
—Él tampoco me vio —dijo, con una voz que parecía llegar de dentro de la propia neblina—. Iba rápido, como tú. Pero tú sí paras.
Antes de que mi tío pudiera responder, la figura se desvaneció, no como un fantasma, sino como si la neblina la absorbiera. Temblando, mi tío tomó su linterna y bajó. Caminó hasta el punto que ella había señalado. Entre las hierbas, medio hundido en el fango, brillaba algo: un viejo relicario de plata, oxidado, con una foto borrada por la humedad de una pareja sonriente.
No tocó nada. Al llegar a Orizaba, reportó lo visto a la policía de la localidad. Escépticos, pero por el respeto que le tenían a los camioneros veteranos, fueron a revisar. Cavaron donde él indicó y encontraron, después de todos esos años, los restos óseos de la joven desaparecida. Había caído lejos del sitio del accidente principal, lanzada entre la vegetación.
Desde ese día, la historia de la curva cambió. Ya no se ve a la joven haciendo dedo. Pero los camioneros que pasan de madrugada y miran hacia el álamo juran que, a veces, ven dos lucecitas tenues, como las de un camión muy lejano, que se encienden y se apagan dos veces, como un saludo. O como un agradecimiento.
Mi tío Felipe ya no maneja ruta. Pero en su casa, sobre la repisa, guarda un pequeño relicario de plata nuevo, con la foto de sus hijas. Dice que es para recordar que a veces, el remordimiento más grande no es el propio, sino el que se le ayuda a descansar a otro.